BOFETADA AL OLVIDO

Miguel Ángel Aguilar Ramírez es un viejo amigo de la Universidad de Colima. Periodista con larga experiencia en la edición de revistas científicas y culturales, en los años noventa promovió las tertulias literarias entre nuestra casa de estudios y la Editorial Alfaguara, que posibilitaron la presencia en esta ciudad de los escritores más renombrados de ese sello, como Arturo Pérez-Reverte.

El cartaginés todavía no publicaba la novela La Reina del Sur que, en su adaptación televisiva protagonizada por Kate del Castillo, abrió un nuevo derrotero para el melodrama latinoamericano. Recientemente, por cierto, se empezó a transmitir una nueva versión de la serie, ya no tan fiel al argumento original, estelarizada por Alice Braga.

En aquellos días que visitó Colima, Pérez-Reverte platicó con los integrantes de Voz de Tinta (grupo de entrevistadores literarios que se gestó en un diplomado que impartió, como cátedra Conacyt, Emmanuel Carballo en la Facultad de Letras y Comunicación). El creador de Las aventuras del capitán Alatriste nos transmitió en esa charla su entusiasmo por Los Tigres del Norte (quienes terminarían componiendo un corrido sobre la historia imaginada de La Reina del Sur) y nos confió algunas de las bárbaras costumbres del narcotráfico en Sinaloa que los habitantes de Culiacán, a su vez, le habían explicado en los múltiples viajes que hizo el español a ese estado para documentar su novela sobre Teresa Mendoza.

Aunque nos hemos vuelto a ver en diferentes ocasiones que siempre tienen que ver con libros o con periodismo, me reencontré con Miguel Ángel Aguilar en el contexto del Festival Internacional de la Palabra Colima 2017.

Y así como aquellas tertulias tenían como propósito propiciar un diálogo del público colimense con los escritores de Alfaguara, uno de los gigantes de la industria editorial en español, esta fiesta de los lectores que se desarrolló del lunes 23 al sábado 28 de octubre supuso para la comunidad literaria de Colima la posibilidad de conocer la titánica labor que desarrollan editoriales independientes de México y España.

Empresas culturales a las que por ningún motivo podemos llamar “pequeñas editoriales” ni “editoriales regionales” o cualquier otro adjetivo que connote una minusvalía comercial al compararlas con los conglomerados, pues estos sellos hacen un notable esfuerzo de distribución y promoción para poder colocar tirajes cada vez más interesantes.

Estas editoriales independientes, cabe decir, garantizan la diversidad en una industria en donde luego que Penguin Random House adquirió Alfaguara y los otros sellos de Santillana, se redujo el mapa en español a dos grandes grupos libreros, ese de Bertelsmann (que integra a Random, Grijalbo, Sudamericana o Mondadori) y Planeta.

Una de estos sellos emergentes, la Editorial Fundación Edgar Robledo Santiago, lanzó en 2016 dentro de su colección Mar de Letras Bofetada al olvido, la tercera novela de Aguilar Ramírez después de ¿Un viaje… sin retorno? (Editorial Gernika, 2008) y La hija de la niebla (Editorial Cabos Sueltos, 2010).

UNA LECTURA MATERIALISTA E HISTÓRICA:

      Bofetada al olvido es una novela desafiante a una ideología neoliberal que afirma que la revolución social en América Latina fue derrotada; que el libre mercado sustituyó a las dictaduras militares y ahora tenemos democracias, incluso hemos tenido gobiernos socialistas que sin embargo no cuestionan, fuera del eje bolivariano (Venezuela-Ecuador-Bolivia), la hegemonía norteamericana.

La brutal represión a los movimientos estudiantiles, obreros y campesinos a los que se rinde homenaje en la novela, buscó espantar al fantasma del comunismo que recorría Latinoamérica en los años de la Guerra Fría.

Estados Unidos alentó, cuando no organizó, golpes de Estado y asesinatos políticos que en Chile, Uruguay o Argentina derivaron en auténticos genocidios. La revolución socialista consiguió, sin embargo, triunfar en Cuba y en Nicaragua, donde el sandinismo ha entrado y salido del gobierno.

Mientras, en países como México donde mandaba el Partido de la Revolución como “dictadura perfecta”, se cometían crímenes de lesa humanidad como la masacre de la familia de Rubén Jaramillo (1962), la matanza de Tlatelolco (1968) y la del Jueves de Corpus (1971).

Crímenes de Estado ordenados por presidentes de la república como Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, que como muestran los papeles del expediente Kennedy que Donald Trump permitió desclasificar hace unos días, estaban en la nómina de activos de la CIA y, por tanto –se lo oí decir a Raymundo Riva Palacio– merecían haber sido destituidos por cometer traición a la patria.

José Emiliano Alcázar Prado viajó a Sudamérica a conocer a su padre, un tal Lucas. Al que conoció al lado de su madre, Sebastián, apodado en su juventud El Flaco, no es el verdadero. Su padre fue otro y el mismo, es decir, alguien que decidió vivir en otro universo tras haber renunciado a la lucha para poder ofrecer un hogar estable, pero ante todo seguro, al hijo que tuvo con Edith.

Aquel Lucas al que interpela una tal María Escoto de la que José Emiliano no tenía noticia, en cartas que el joven protagonista de esta historia descubrió tras la muerte de su padre, era otro y el mismo. Lucas vivió en un mundo paralelo, el de la clandestinidad, el de la lucha armada internacional.

Es a ese otro Sebastián, cuyo mito supera al recuerdo del padre de José Emiliano, a quien el joven deberá descubrir en un periplo que lo lleva, de la mano de su novia Diana, nunca mejor definida como su compañera, por los vestigios de aquella red de activistas, auténticos guerrilleros que guiaron a Lucas en su formación de izquierda.

Personajes como El Viejo y La Tencha (de Uruguay), El Mario y La Morocha (de Argentina) o El Alonso y La Tona (de Chile), van abriendo sus casas y su corazón a los jóvenes mexicanos, mostrándoles un Montevideo, un Buenos Aires y un Santiago que no aparecen en las guías turísticas y que, en cierto modo, son ciudades pobladas de fantasmas, visibles en esta dimensión gracias al poder de la nostalgia, reconocibles sólo por las artes de la memoria.

NOTICIAS DEL IMPERIALISMO:

El periodista que ha sido Miguel Ángel Aguilar habla por voz del narrador en los capítulos iniciales que están contados en primera persona, y por las voces de esa dispersa panda de notables contadores de historias cuando la narración cambia a la tercera persona.

De este modo, el autor va describiendo lugares, relatando acontecimientos, recogiendo testimonios, en un ejercicio de crónica, entrevista o reportaje en donde el periodismo está al servicio de la novela.

      Bofetada al olvido recupera letras de canciones, consignas y proclamas. Reseña una bibliografía (de ensayo, narrativa y poesía) que esos intelectuales que parecen estar al servicio del departamento de intervención cultural de la CIA, convirtieron en nuevo índice de libros prohibidos.

Paradójicamente, para esas generaciones de perfectos idiotas latinoamericanos (como los llamaron Álvaro Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner), esos mismos títulos (comenzando por Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano) son el canon.

La novela de Miguel Ángel Aguilar se edita cuando la izquierda en México hace mucho (exactamente en 1977 cuando se decretó la amnistía de José López Portillo, y una reforma política convirtió a los guerrilleros en diputados plurinominales) abandonó la lucha armada.

Y relata el momento (2010) en que triunfa en Uruguay el movimiento popular encabezado por el ex guerrillero tupamaro José El Pepe Mujica. Así como recuerda 1994, cuando en México estalló la guerrilla zapatista en Chiapas, un movimiento que reivindicó la lucha histórica de los indígenas avasallados por el progreso.

Las rebeliones que vemos hoy en día en nuestro país carecen de sustento ideológico, pero son quizá más beligerantes que el propio zapatismo. José Emilio Pacheco lo vaticinó en uno de sus inventarios al acercarse el centenario de 1910: la revolución mexicana del siglo XXI ya empezó, se llama inseguridad pública.

Los caudillos de ahora, El Chapo y otros menos legendarios, son tan combativos quizá como Pancho Villa o Emiliano Zapata, pero carecen de compromiso social. No luchan contra el sistema político ni tienen ideales de justicia. El narcotráfico y la delincuencia organizada son expresiones brutales del capitalismo salvaje: mero afán por acumular ganancias a costa de lo que sea.

      Bofetada al olvido se publicó el año pasado cuando los adalides del liberalismo celebraban las reformas estructurales, la normalidad de la competencia económica y la incursión de México en el mercado global. Luego, de repente, ganó Trump las elecciones presidenciales. El nuevo inquilino de la Casa Blanca decidió convertir a los mexicanos en los enemigos al turno de Estados Unidos y acabar con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

El año próximo, unas elecciones diseñadas para pulverizar la oposición y posibilitar el triunfo de una minoría nos obligarán a replantearnos, como los protagonistas de esta novela, si no ha llegado el momento de conseguir por la fuerza que las cosas cambien de una vez por todas en este país.

Mi correo electrónico: carvajalberber@gmail.com. Esta columna también se puede leer en el sitio web carvajalberber.com y en sus redes sociales.

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