A sus 82 años, Seymour Hersh es un reportero de otra época. Su despacho es “pequeño, austero y desordenado, con decenas y decenas de carpetas apiladas en el suelo. Fotos en blanco y negro, archivadores, periódicos amarillentos. Algunos premios cuelgan en la pared junto a reseñas de sus libros, una máquina de escribir antigua reposa sobre un armario y su bolsa de trabajo, una cartera de piel marrón gastada, se oculta bajo un mar de papeles. Hersh no graba entrevistas ni digitaliza los contactos para proteger a sus fuentes”. Pero sí usa la computadora.
Siendo un treintañero, Hersh destapó la barbarie de My Lai durante la guerra de Vietnam. Ganó el Pulitzer. Después investigaría el Watergate, exploraría el lado sórdido de los adorados Kennedy y haría públicas las torturas de Abu Ghraib en Irak, resume su trayectoria Amanda Mars, corresponsal de El País en Estados Unidos.
Fechada en Washington el 20 de junio de 2019, la entrevista ‘“Soy un superviviente de la edad dorada del periodismo”’ (https://elpais.com/cultura/2019/06/18/actualidad/1560885730_135964.html) gira en torno al contenido de su libro de memorias: Reportero (Península, 2019).
Nacido en Chicago, el legendario periodista responde a por qué no escribe sobre la administración Trump: “¿Es broma? Escribí un par de historias, pero, Dios mío, en América nos gustan los Hitlers”.
Reportero fue escrito casi por accidente: tenía un contrato para un libro sobre Dick Cheney, pero sus fuentes se amilanaron en el último momento por la cruzada que el Gobierno había emprendido contra las filtraciones. En vez de devolver el adelanto de la editorial, aceptó hablar de sí mismo.
Según Mars, Hersh está considerado junto a Bob Woodward como el gran periodista de investigación de su generación. De varias generaciones, en realidad. Es el azote de las versiones oficiales, lo suyo es la caza mayor: de Kissinger a Bush, de Nixon a Obama.
LA HISTORIA CONDENARÁ
Una de las dos historias sobre la presidencia de Trump remite a su investigación de 2017 sobre los ataques con gas sarín en Siria, que Washington y otras grandes potencias atribuyen a Bachar el Asad.
“Escribí una historia diciendo que había muchas razones para pensar que no venía de Siria, pero no se publicó en EE UU”, lamenta. “Así son las cosas, es muy loco, tengo cosas mejores que hacer que luchar contra la prensa que quiere aferrarse a lo que cree”.
Sus pesquisas sobre los ataques químicos de 2013 también generaron recelos, pero el gran divorcio entre el viejo sabueso y los editores estadounidenses se produjo en 2015, cuando desmintió la versión oficial sobre la muerte de Bin Laden.
Escribió que el líder terrorista estaba preso en Pakistán desde 2006, que Arabia Saudí pagaba el cautiverio y que, cuando Washington lo descubrió, pactó con Islamabad poder ejecutarlo. Ni The New Yorker ni The New York Times, medios en los que había trabajado Hersh, publicaron el artículo, que salió en London Review of Books y resultó muy cuestionado por el uso de fuentes anónimas o indirectas.
“Y yo permitiré con gusto que la historia sea la juez de mi obra reciente”, escribe en el libro. Pero la historia puede no darle esa oportunidad, en periodismo la verdad no basta, es necesario probarla. Y las leyendas del oficio no se libran.
“La historia juzgará, pero tienes que estar abierto a ello –responde–. Y si eres de The New York Times, ¿vas a admitir que algo que escribiste, que te contó el presidente, puede no ser verdad? Tienes a un general cinco estrellas [Asad Durrani, jefe de los servicios secretos pakistaníes a principios de los 90] que ha escrito un libro diciendo que esto fue así, y se lo han prohibido».
LEER ANTES DE ESCRIBIR
Hijo de inmigrantes judíos de la Europa del Este, Hersh se crió en una zona obrera de Chicago, donde su padre regentaba una tintorería. Estudió algunos trimestres de Derecho con poca vocación y se puso a trabajar en un Walgreens hasta que, a través de un amigo, supo de la oferta de puestos de aprendiz de periodista y probó suerte en la agencia de noticias de la ciudad.
El autor de El lado oscuro de Camelot o El precio del poder se siente, como explica en el libro, es “un superviviente de la era dorada del periodismo”:
“Los que trabajábamos en prensa escrita no teníamos que competir con canales de noticias de 24 horas, los periódicos nadaban en la abundancia gracias a los ingresos por publicidad y anuncios clasificados, y yo tenía libertad para viajar adonde y cuando quisiera”.
Las más de 400 páginas de sus memorias recogen ese estilo de trabajo en peligro de extinción, en el que se llama a la puerta de políticos o altos cargos en medio de la noche y se vuela a cualquier lugar del mundo para intentar hablar con una fuente cara a cara, sin tener seguridad siquiera de conseguirlo.
El relato incluye episodios sorprendentes, como cuando Lyndon B. Johnson defecó en la carretera ante un periodista del Times, Tom Wriker, para mostrarle desprecio por su “análisis periodístico”, o la noticia que no escribió sobre el maltrato del presidente Nixon a su esposa, algo de lo que se arrepiente.
Hersh tiene un hijo reportero al que no da ningún consejo. “No lo hubiese seguido, nunca me habla de su trabajo, yo no quería que trabajara en esto”, asegura. ¿Por qué? “Porque sería duro para él. Cuando estaba en Columbia, tenía 19 o 20 años, la New Yorker le pidió que trabajase de fact-checker, fue cuatro años, entonces yo allí era importante y… no sé, creo que era una situación rara para él”, explica. A los periodistas que no son sus hijos, en cambio, sí les recomienda algo: “que lean antes de escribir y que se quiten de en medio de la historia”.
NO ESTÁ MUERTO, PERO CASI…
Hersh se queja del acercamiento entre periodistas y políticos y de la fascinación por los gobernantes –“Vi mucha deferencia hacia la autoridad en España, Franco está vivo”, espeta entre risas–, pero lo que más le preocupa es la economía de esta industria. “No hay dinero, ya no se puede gastar tanto en una historia, el periodismo de investigación no está muerto, medios como el The New York Times hacen cosas, pero tiene muchas dificultades”, lamenta.
También critica el foco que los medios estadounidenses han puesto en la injerencia de Rusia en las elecciones. “Le digo que hay una contra-historia ahí”. El viejo sabueso, sepultado por papeles en su pequeña oficina de Washington, sigue hambriento de exclusivas, remata Amanda Mars.
En un aparte de la entrevista, Seymour Hersh se compara con Julian Assange, a quien podrían aplicarle la Ley de Espionaje de 1917.
El fundador de Wikileaks motiva un debate sobre la segunda enmienda de la Constitución, que blinda la libertad de prensa. Tras los papeles del Pentágono, en 1971, los periodistas quedaron protegidos; la justicia podía perseguir la filtración de material clasificado, pero no su publicación.
“Es terrible, si él va, The New York Times va, porque publicaron lo que él hizo. Es horrible, pero esto lo empezó Obama, Obama procesó a nueve personas… [empleados del Gobierno, por filtraciones]”, advierte. Assange, continúa, “hizo lo que yo hago para ganarme la vida. Yo, desde luego, le pido a la gente que me dé información secreta. Y a veces se prestan, pero yo lo pido”.
Hersh no cree que Assange estuviera trabajando para Rusia. Los rusos no son tan idiotas para contratarlo. “Assange sólo trabaja para sí mismo”.
Mi correo electrónico: carvajalberber@gmail.com. Esta columna también se puede leer en: www.carvajalberber.com y sus redes sociales.