En literatura, ¿se puede hablar de un gran público? La pregunta surgió luego que en la conferencia que impartió en la Facultad de Letras y Comunicación (Falcom) de la Universidad de Colima (Ucol), el jueves 26 de mayo de 2022, ‘¿Qué es un crítico literario?’, Christopher Domínguez Michael mencionara “las reseñas que escribió el joven [Jorge Luis] Borges en la Revista del Hogar” como “obras maestras de la crítica literaria en cuartilla y media”.
Una reseña puede ser breve o puede ir destinada a un público amplio como el de una revista comercial, y no obstante pretender ser una obra de arte, dijo el crítico, quien habló también de otros críticos, como los recién desaparecidos Harold Bloom o George Steiner, quienes además de hacer un trabajo en las universidades escribieron para el gran público.
Domínguez Michael aclaró, sin embargo, que si los lectores de literatura son pocos, los lectores de crítica literaria son menos aún. “Y los críticos literarios nos conformamos con esas personas que son, en el mejor de los casos, unos cuantos miles”.
Le pregunté, entonces, a quien es miembro de El Colegio Nacional desde 2017, si pensando en conquistar al gran público surgió esta tendencia a sustituir la crítica con estrategias de publicidad por parte de las editoriales, para colocar en el mercado a determinados autores, títulos y géneros. En ese sentido, ¿cómo se ve desde la crítica literaria esta actividad del publicista que suplanta al crítico?
Y, por otra parte, ¿cómo ve el crítico especializado esos esfuerzos que hay en las redes sociales por dar voz a los lectores, cuya expresión más popular son los llamados booktubers?
“Le agradezco mucho la pregunta –respondió Domínguez Michael– porque es importantísima. Desde que nació la novela por entregas, la literatura (narrativa sobre todo, porque la poesía es otra historia) siempre ha estado relacionada o confundida con el comercio. En 1830 los periódicos empezaron a publicar novelas seriadas, que se parecían mucho a las telenovelas que yo veía cuando era niño y joven, y que se pueden parecer a las series de televisión hoy en día.
“Balzac tenía mucha competencia, hubo cientos de escritores que se pelearon por ese público. Y los editores de periódicos batallaban con los medios más comerciales para imponer a sus autores. La novela fue comercial desde el primer día, y la naturaleza comercial de la novela está indisolublemente ligada a su ser.
“El novelista quiere vender, quiere darse a conocer y ser traducido. Y está bien, porque la literatura también es un oficio. Desde luego, el impresor primero y el editor después, han querido ganar dinero. Por eso Georg Lukács hablaba de la novela burguesa: es burguesa por varias razones, entre ellas porque está en el mercado.”
PARA ESO ES LA PUBLICIDAD
En el marco de la XXIV Jornada del Libro Universitario, Altexto 2022, y como parte de las actividades de extensión de El Colegio Nacional, Domínguez Michael añadió:
“Hubo un tiempo en el que esto se acabó, es el periodo de lo que en literatura inglesa se llamó modernismo, el momento de Kafka y de Joyce, cuando los novelistas se dieron el privilegio de darle la espalda al público que estaba muy emocionado con el cine. Ni Joyce ni Kafka se sentían obligados, como sí lo estaban los novelistas del siglo XIX, a darle a los lectores versiones de la realidad. Se dedicaron a hablar sobre la naturaleza del tiempo o la naturaleza del lenguaje.
“Ese momento [del modernismo] terminó y la novela, una vez más, a fines del siglo XX y principios del XXI sigue siendo un artículo comercial. No me gusta que las editoriales difundan malas novelas presentando a su autor como el nuevo Joyce, pero es inevitable. Así es la publicidad.
“Justamente, una de las funciones pedagógicas del crítico es alertar al lector de que no todas las novedades, por serlo, son importantes. Si pudieramos viajar en una máquina del tiempo 10 años atrás a una librería de la ciudad de México, nos sorprenderíamos con la cantidad de libros en las mesas de novedades que no pasaron, que fueron picados porque a nadie le importaron. Muchos de esos libros fueron promocionados como la neta del planeta. Pero la posteridad, en sólo una década, filtró la producción editorial. Queda una parte importante, pero no toda la oferta que había.
“Los editores tienen que hacer su comercio y vender sus libros, y eso es bueno para los escritores que también ganan dinero. Pero no le hace temblar el pulso a la crítica literaria. Que me digan que ganó el premio Nobel un escritor tanzano, Abdulrazak Gurnah, no cambia mi concepción de la literatura. Por desgracia no lo he leído, pero si lo leo y el señor es muy bueno me va a enriquecer como a cualquier lector. Quiero decir, ni los premios ni la mercadotecnia afectan lo esencial del fenómeno literario.
“Por otra parte, todos estos fenómenos residuales, como los booktubers y los tuiteros, no tienen nada que ver con la experiencia literaria. Son mecanismos de publicidad, como usted bien ha dicho. Publicidad es y publicidad será.
“Tampoco sirven para nada las campañas de los gobiernos para promover la lectura. Sirven sólo cuando van dirigidas a los niños. Es muy difícil, no imposible, que el adulto se interese en la literatura si no le fue inculcada desde la infancia.
“Hay fenómenos que tienen que ver con la política cultural del Estado y con los mecanismos del mundo editorial que, por supuesto, están relacionados con la literatura. Un escritor quiere vender, insisto, pero no necesariamente tiene eso algún impacto sobre la crítica literaria.”
A LEER, HAY QUE EMPEZAR DE NIÑO
En ese sentido, ante otra pregunta del público, Christopher Domínguez Michael rechazó dar consejos para inculcar en los jóvenes el hábito de la lectura:
“Yo no me dedico a la educación, mi experiencia es con lectores maduros a los que les gusta la literatura. De eso puedo hablar. Siempre hay jóvenes muy vivarachos y muy interesados en la literatura, pero cuando se acercan a alguien como yo es porque ya tienen un interés preestablecido por la literatura. No se forma en la fila de las tortillas quien va por pan. Cuando los jóvenes se acercan es porque están en el entendimiento de que les interesa la experiencia literaria”.
Las recomendaciones en programas de televisión o las cápsulas en YouTube, son formas de vulgarización, no necesariamente malas. “Si un booktuber recomienda un buen libro, qué padre. Debe haber algunos sensatos y de buen criterio, con sensibilidad. No lo niego. Ahora, es sospechoso que alguien crea que puede transmitir un libro en un podcast de tres minutos”.
“La lectura requiere de mucho tiempo y de alguien que ame leer. Cuando se me acerca una persona que de entrada me dice que no tiene tiempo para leer, digo mucho gusto y sigo de largo, porque yo sólo trabajo con alguien que tiene tiempo para leer. Si no lo tiene, hay muchas actividades maravillosas a las cuales dedicarse. La crítica literaria es para los que tienen tiempo para leer. Ya como saquen sus críticas, depende de cada quien.”
SIN TIEMPO PARA QUIENES NO LEEN
Como complemento a los conceptos vertidos en la conferencia, retomo algunos párrafos del discurso de ingreso a El Colegio Nacional que Domínguez Michael dio en 2017 (¿Qué es un crítico literario? El Colegio Nacional, 2018).
Entre otros temas, se refirió a la función de la crítica en un ecosistema editorial que escapa a la superficie de la hoja de papel:
“Aunque rehúyo de la superstición de que la época en que vivimos siempre es dueña del monopolio de todas las desgracias, es imposible negar que –al tiempo que el libro, electrónico y tradicional, goza de buena salud– no es la nuestra una buena época para la crítica literaria”.
(…)
“Pero en un mundo donde pareciera imperar la opinión ejercida a través del fugaz dicterio impuesto por las redes sociales, las ideas se confunden, más que nunca, con los hechos y los autores son despachados, fuera de contexto, en 140 caracteres. Salvo alguna excepción, propia del ingenio aforístico, esta práctica atenta contra la reflexión pausada y el silencio a profundidad requerido por la lectura. Criticar no es denostar ni calumniar, sino argumentar en público y en extenso. Debatir con la razón, antes que pegar primero, sería lo recomendable para quienes les agravian personalmente las opiniones ajenas. En todo caso necesitamos leyes justas, expeditas y eficaces, no personas ofendidas que ejerzan la microagresión del performance, como ha dicho Martha Nussbaum.” [p.p. 47-48]
Y a propósito de quienes no tienen tiempo para leer, Christopher Domínguez comentó:
“Si la edad de la literatura, con esas horas dedicadas al silencio sobre las que ha meditado Marc Fumaroli, ya terminó, veámosle su lado benigno a la mala hora. Se irán quienes ‘no tienen tiempo para leer’ y nos quedaremos en soledad los happy few. Al nefasto imperio de la opinión fugaz, ante el tuit o la recomendación vía YouTube –que sería fácil remitir al siempre concurrido corral de la vulgaridad– se agrega a la jibarización de los espacios que la crítica literaria tenía en el periodismo, gracias a las revistas y los suplementos culturales. Siempre he pensado que el sueño de todo crítico literario es mantener con los escritores una relación semejante a la que existió entre Haydn y Mozart: habiendo sido su maestro, el primero –que lo sobrevivió– morirá como el más dotado de sus alumnos.” [p.p. 48-49]
MALDITAS REDES SOCIALES
También habló Christopher Domínguez Michael en su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, de las redes sociales como supuesto espacio de promoción y de suplantación (como lo sugiere Enrique Krauze en su respuesta) de la obra literaria:
“A la reducción de los espacios críticos se agregan, en nuestro tiempo, las verdades alternativas y los nuevos santos oficios de la Inquisición, prestos a reemplazar a los antiguos. Las primeras permiten que se mienta a sabiendas y se gobierne mintiendo. Siempre ocurrió, quizá, pero nunca había sucedido con tan portentoso cinismo. A su vez, el espíritu inquisitorial proviene hoy día de la libertad del mismo modo que antes se apoyó en la opresión. Qué bien que así sea. Pero nos internamos en un mundo de palabras prohibidas, aquellas que los ‘activistas de la susceptibilidad’ consideran impronunciables. Establecen, estos novatores puritanos, un nexo perverso y una consecuencia ilógica, insisto, entre las ideas supuestamente nocivas y las costumbres más intolerables. Las consecuencias han sido del todo contraproducentes. Frente a la identidad multiplicada, hoy [con Donald Trump] gobierna en Washington, con el tuit como báculo, un energúmeno que, en nombre de la libertad de expresión, la persigue y la denigra.” [p.p. 49-50]
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