FRÁGIL Y HERMOSA, COMO UNA ESFERA DE DOÑA TERE

+ La historia de la fabricación en serie de estos adornos para el Árbol de Navidad, las esferas, hoy consideradas manifestación del arte popular mexicano.

SE INFLÓ Y TOMÓ FORMA

Aunque hoy se reconocen dos pueblos mágicos, Tlalpujahua, en Michoacán, y Chignahuapan, en Puebla, como lugares típicos en la elaboración de esferas navideñas artesanales, el auge comercial de estos adornos para el Árbol de Navidad se dio en México a raíz de la Segunda Guerra Mundial.

Por el conflicto bélico en el que México participó en el bando de los aliados, ya no hubo manera de recibir productos de Alemania, entre los que se contaban estas tradicionales piezas elaboradas con la técnica del vidrio soplado. Y fue así que una fabricante visionaria, doña Teresa Villaseñor de la Parra, decidió incursionar en la producción de esferas navideñas.

Después de la muerte de su esposo, José Valencia López, la señora Teresa se asoció con su primo Salvador Aguilar y, bajo un tejabán improvisado en la granja que doña Tere tenía en San Andrés, un suburbio de Guadalajara, empezaron a fabricar artículos para laboratorio: goteros, pipetas, tubos de ensayo, buretas, cánulas nasales y vaginales.

Una cánula se infló más de la cuenta y tomó forma de esfera. El hallazgo les dio la idea de fabricar su propia versión de los adornos navideños, por entonces tan solicitados pero escasos. El taller cambió de giro, abandonaron la manufactura de artículos de laboratorio e iniciaron en México la fabricación de esferas de Navidad.

Fue un alemán de apellido Becker, amigo suyo, quien se ofreció a ayudar a doña Tere revelándole la fórmula de la solución para platear las esferas. Así lo recuerda uno de los hijos de la empresaria, Sergio Valencia Villaseñor, quien hace casi tres décadas decidió convertir a Comala en su lugar de residencia, donde pasa largas temporadas en una cabaña de madera estilo nórdico que combina a la perfección con el entorno boscoso.

Tal como se lo contó Sergio a Amalia Nieto Gándara, autora de ‘La verdadera historia de la fabricación de esferas de Navidad en México’, los productos de doña Tere y su primo Salvador pronto empezaron a ser solicitados por los comerciantes de artículos navideños. El terreno era fértil, había un venezolano llamado César Zapata que fabricaba unas esferas gigantes muy decoradas, pero pronto desaparecieron del mercado.

La sociedad con Salvador Aguilar acabó al poco tiempo y, doña Tere, continuó con el negocio ayudada por sus hijos José Luis, Jorge, Fernando, Sergio, Margarita y Teresa, y por su hermano Alfonso Villaseñor. Las primeras esferas no tenían casquillo metálico, así que para poder colgarlas se les hacía un gancho del mismo material de la esfera. Poco a poco, con la práctica, la familia fue aprendiendo los secretos de la fabricación de esferas y mejorando las técnicas tradicionales.

NACE ESFERAS MAVI

En 1945, el general Lázaro Cárdenas le ofreció a doña Tere que se instalara en Jiquilpan, Michoacán, de donde eran originarios los dos. Sin pensarlo mucho, la señora Villaseñor vendió la granja de San Andrés y se mudó con su familia al pueblo natal. Rentó el local del antiguo Cine Venecia que ya no funcionaba, propiedad de Jesús Quiroz, hizo algunas adaptaciones e instaló ahí la fábrica que desde sus inicios fue conocida como Esferas Mavi.

José Raymundo Cárdenas del Río, hermano del ya para entonces expresidente de México, se ofreció a asociarse con doña Tere, pero por diferentes circunstancias la sociedad no funcionó. La empresaria continuó con el negocio y, en 1947, decidió mudarse a la Ciudad de México en busca de mejores horizontes y nuevas oportunidades.

La incipiente fábrica se estableció en los sótanos de un edificio ubicado en Calzada San Antonio Abad No. 62, frente al patio donde se guardaban los tranvías que en ese tiempo circulaban del Zócalo a Xochimilco sobre la Calzada de Tlalpan.

Las condiciones de trabajo en este lugar eran difíciles, incluso insalubres. En tiempo de lluvias, el sótano se inundaba. Las trabajadoras de entonces (Jobita, Soledad, Porfiria, Eustolia, Jesusita y Eufrosina), junto con los hijos de doña Tere, tenían que improvisar con tabiques un pasillo por donde caminar, y un sobrepiso donde colocar mesas y bancos de trabajo a salvo del agua.

Para modelar el vidrio usaban sopletes de gasolina como los que emplean los plomeros. No contaban todavía con compresora ni con soldadoras de gas. Como la fabricación, la administración también se llevaba a mano: las cuentas las hacía Sergio de memoria ya que tampoco contaban con máquina sumadora.

En una casa vieja junto a la fábrica, don Luis Villaseñor, papá de la señora Tere, inició su propio taller. Desgraciadamente duró muy poco: por una falla en los radiadores eléctricos que se usaban para secar las esferas, el local se incendió y la pérdida fue total.

Después de este incidente, don Luis se asoció con su yerno Jesús Vázquez para continuar con el negocio. Se establecieron en la Colonia Portales. Trabajaron bien durante un tiempo, pero las diferencias no tardaron en surgir. Para evitar mayores problemas, don Luis se retiró de la sociedad. Con el tiempo, su yerno le pondría a sus productos su propia marca: Esferas Americanas.

A LEVANTAR PEDIDOS

Esferas Mavi mantenía una buena producción a pesar de los inconvenientes: unas cien cajas de distintos tamaños a la semana, las cuales se vendían muy bien en los locales de las céntricas calles de Corregidora y Correo Mayor. Un conflicto de negocios con un cliente, Isaac Marcochamer, motivó a doña Tere a dejar de vender en la Ciudad de México y salir a colocar su producto por toda la república.

Mientras construían un nuevo local para la fábrica y una casa habitación para la familia, en un terreno que doña Tere había comprado en la esquina de Tata Vasco y Dulce Olivia en Coyoacán, la empresaria empezó a salir del Distrito Federal. Viajaba a casi todas las capitales de los estados del centro, el norte y el Pacífico, en una camioneta pick up Chevrolet 46.

Se alternaban para acompañar a su madre Fernando y Sergio. Y desde el primer viaje armaron una buena cartera de clientes, gracias a un sistema de ventas que consistía en levantar los pedidos, regresar a la Ciudad de México, enviar la mercancía y pasar a cobrarla hasta la vuelta, el año siguiente. Uno de sus mejores clientes era don Agustín Trujillo, de Tampico, Tamaulipas, a quien doña Tere había ayudado extendiéndole el crédito por un año más después de que, durante el desbordamiento del Río Pánuco y la inundación del mercado donde tenía su expendio, había perdido toda la mercancía.

Debido a la alta demanda de esferas, Sergio inició un pequeño taller por su cuenta al que llamó Esferas Mexicanas y que se encontraba en la esquina de Omega y Miguel Ángel de Quevedo, en Coyoacán. Contaba con el apoyo económico de Guillermo López Balladares, dueño de la tlapalería El Gallo en la calle de Palma. Cada semana Sergio le entregaba mercancía por un importe aproximado de 2,500 pesos, cantidad que alcanzaba para pagar las rayas de sus trabajadoras (Esperanza, La Jarocha, Aurelia, Irma, Irene, Dolores, Bertha, Pachita y Natividad) y comprar materia prima.

Después de dos años, Esferas Mexicanas se estableció definitivamente en la calle de Reforma No. 56, Barrio de Santa Catarina, también en Coyoacán. Al aumentar la producción de esferas, Sergio empezó a buscar nuevos clientes y así llegó a ser el primer proveedor de Aurrerá, El Palacio de Hierro y Woolworth, entre otros almacenes.

ESPIONAJE Y COMPETENCIA

Con un mercado creciente, pronto surgieron los competidores que buscaban satisfacer la demanda. Como en toda rama productiva, los que ya eran los más importantes fabricantes de esferas en México no se libraron de sufrir prácticas de espionaje industrial y competencia desleal. Algunos trataron, entre otras cosas, de llevarse a las trabajadoras ofreciéndoles mejores sueldos. Y más de una cayó en la tentación, pero todas acabaron regresando quejándose del maltrato.

Un empresario de apellido Kleiman compró como deshecho una máquina automática en Estados Unidos e inició la fabricación de esferas. Sin embargo, la mayoría de sus artículos salían defectuosos y sumamente frágiles. La primera mercancía la entregó a consignación a Aurrerá en el mes de noviembre, pero en enero del año siguiente le regresaron el 90 por ciento de la remesa. Corrió el rumor que, para recuperar su inversión, colocó las cajas con las existencias en una esquina de su bodega y les prendió fuego para cobrar el seguro. Como él, de todos los competidores en el negocio de las esferas de esa época ninguno sobrevivió.

Como su hermano Sergio, Fernando Valencia Villaseñor también quiso probar suerte con su propia marca. Pensó que sería posible combinar sus actividades como piloto aviador ejecutivo con la fabricación de adornos, y fundó Esferas Navideñas. Durante cinco años logró mantener la fábrica a flote. Sin embargo, decidió cerrar y dedicarse sólo a volar.

La encargada de la fábrica, Marina, originaria de Chignahuapan, Puebla, recibió como liquidación la maquinaria y los enseres de la fábrica. Se llevó todo a su pueblo e inició la distribución de materia prima para habilitar unos pequeños talleres que, inicialmente, maquilaban artículos navideños tanto para Esferas Mavi como para Esferas Mexicanas, ambas marcas que para entonces ya exportaban a Estados Unidos.

No eran pocos los interesados en conocer los secretos en la fabricación de esferas, piezas delicadas y frágiles que no obstante deben ser los suficientemente resistentes como para soportar el embalaje, traslado, almacenamiento y la exhibición. Un día que Jesús Vázquez no se encontraba en su oficina, uno de sus clientes, César Balcázar, dueño de Artículos Baratos, y su amigo Joaquín Muñoz, de Tlalpujahua, Michoacán, convencieron a la secretaria de que los dejara entrar a la fábrica para ver cómo se hacían las esferas.

Inspirado, Joaquín Muñoz regresó a su pueblo natal y al poco tiempo abrió la fábrica que dio inicio a esta importante actividad en la zona. Hoy ese pueblo mágico de Michoacán, casi en los límites con el Estado de México, es un sitio turístico reconocido por la elaboración de licores y conservas de frutas, cuadros con plumas multicolores, figuras de vidrio soplado y, por supuesto, esferas navideñas.

Con el tiempo se establecieron otras fábricas en distintos lugares de Jalisco: una en Guadalajara, tres pequeñas en San Julián (una de ellas llamada Sorpresas Navideñas) y una más en Santa María.

DE INDUSTRIA A ARTESANÍA

Con doña Tere y su hijo Sergio al frente, Esferas Mavi y Esferas Mexicanas continuaron como líderes en la fabricación de estos productos en México. La línea se diversificó. Además de esferas se fabricaban flores, estrellas, familias de elefantes, charritos, soldados, tambores, palomas, bastones, cuentas para collares, figuras de Santoclós, resplandores, chilacas, tirabuzones, brujitas, cornetas y muchos diseños más.

En 1985, a la muerte de doña Tere, las dos empresas se unieron bajo el nombre de Esferas Mavi y la dirección de Sergio Valencia Villaseñor. Siguieron algunos años de bonanza hasta que, por diferentes circunstancias, hubo que cerrar, pagar deudas y liquidar a los trabajadores.

La producción en gran escala se enfrentó a la competencia de esferas navideñas hechas con otros materiales (plástico, unicel, tela o hilo), más resistentes y económicos. Mucha de esa mercancía llegó a México proveniente de Asia, con precios incluso por debajo del costo.

La industria de las esferas en México se convirtió en una artesanía. La elaboración de esferas a mano es ya una importante fuente de trabajo para cientos de familias de la poblana Chignahuapan y de Tlalpujahua, Michoacán. En esas localidades cada temporada, de septiembre a diciembre, se celebran ferias y exposiciones de esferas y adornos navideños que llaman la atención de multitud de visitantes. Pero los miembros de la familia Valencia Villaseñor tienen el orgullo de haber sido pioneros de esta industria en México.

Nuestro correo electrónico: carvajalberber@gmail.com

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