EL TABLOIDISMO DE GABO

El Gabriel García Márquez, autor de ficción, y el García Márquez periodista ¿se mezclan?, ¿o son dos entidades separadas?, le pregunta Pablo Pardo, corresponsal en Washington de El Mundo, a Jon Lee Anderson:

“Él era, sobre todo, un cuentista. Y eso se refleja en algunas de sus columnas, sobre todo en sus primeros años, en los que su obra periodística es muy entretenida”, responde el periodista estadounidense.

Anderson es autor del prólogo de una antología de las obras periodísticas del Nobel de Literatura: El escándalo del siglo (Penguin Random House en España y Knopf en EEUU, donde está prevista la publicación en mayo). El biógrafo de El Che y corresponsal de guerra en Irak y Afganistán estuvo con Gabo, como le llaman todavía sus amigos, y su entorno más cercano durante siete meses en 1998 para escribir el artículo The Power of García Márquez (‘El Poder de García Márquez’) para el semanario The New Yorker.

A raíz de ese reportaje sucedió algo inusual entre el periodista californiano y los protagonistas de sus reportajes: los dos se hicieron amigos.

Dos décadas después, Anderson reflexiona en la entrevista con ELMUNDO.es (https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2019/03/15/5c8a9b3cfdddff8f7c8b46ab.html) acerca de Gabo y su obra.

EL ADORNO NARRATIVO

¿Gabo inventaba?, ¿exageraba?, insiste el reportero del diario madrileño en ‘García Márquez: «La primera función del periodismo es la verdad porque vivimos en un mundo lleno de mentiras»’, entrevista publicada el domingo 17 de marzo de 2019 en El Mundo:

“La verdad, yo no veo por qué hay que entrar a juzgarlo de una manera, digamos, calvinista. ¿Siguió todos los pasos del manual con la historia del libro que más me gusta, ‘El Papa se va de vacaciones’? Pues no lo sé. Pero lo que sí sé es que es una historia divertidísima. Gabo quería mantener al lector entretenido. Para ello, recurrió al tabloidismo para llamar la atención, usó titulares que resonaban mucho y prometían escándalo e interés, y supo manejar muy bien los tiempos”.

¿Es esa una constante?, inquiere Pablo Pardo, porque la carrera de García Márquez pasa por muchas etapas. En efecto, señala Anderson:

“Eso se refleja en El escándalo del siglo, porque el libro refleja el esfuerzo de Gabo, primero, por entretener y adornar la realidad con un fin narrativo. Después pasa a un periodo de compromiso ideológicamente. Y, al final, muestra un Gabo que dejó atrás la militancia, y que vuelve a tratar de escribir buen periodismo, en su propio estilo, pero más en línea con el periodismo costumbrista establecido, con perfiles de Shakira o de Hugo Chávez.

“Y, precisamente, de ese esfuerzo sale la FNPI que es su gran legado periodístico, un reconocimiento de la importancia que él daba a una profesión en la que García Márquez no se consideraba uno de los mejores, y que, además, en su juventud acaso no pudo ejercer todo lo bien que le hubiera gustado. Nos dejó una obra duradera, su propio canon, tanto en la ficción como en la no-ficción”.

NO ES UN GÉNERO SUBALTERNO

¿Entonces García Márquez no se consideraba a sí mismo un gran periodista?, pregunta el corresponsal de El Mundo. Y Jon Lee Anderson precisa:

“Yo creo que él se consideraba un no muy buen periodista, y admiraba mucho a quienes pensaba que sí lo eran, como Guillermo Cano, Tomás Eloy Martínez o Alma Guillermoprieto, por citar algunos. Era gente que él reflexionaba que hacía su profesión bien y sin alardear. Porque, para García Márquez, el periodismo no era un género subalterno”.

Curiosamente –observa Pablo Pardo–, hoy se supone que el periodismo tiene que ser lo contrario de la prosa de García Márquez: estricto, seco, preciso y muy económico en el lenguaje. Nada de textos llenos de adjetivos. Uno de los exponentes de esa tendencia es, precisamente, el ‘New Yorker’.

Para Anderson: “La prosa de García Márquez estaba dotada –hoy dirían que pecaba– de un «liricismo» que en realidad era bastante común en el lenguaje oral y se ha ido perdiendo. Se daba en España, pero hace 50 o 60 años, y hoy ha desaparecido, igual que en el mundo anglosajón. Solo sobrevive en sitios como Chile o Nicaragua y, en otros ámbitos culturales, Irán”.

Durante sus años de militancia, García Márquez apoyó a regímenes como el castrismo. ¿Por qué lo hizo?, quiere saber el corresponsal español.

Y Anderson opina: “Yo le traté bastante, pero tengo que reconocer sus contradicciones en ese ámbito. A Gabo le fascinaba el poder”.

Entre esas contradicciones, reconoce Anderson: “Era capaz de ser crítico con Fidel Castro, pero mantenía esas discrepancias en la esfera privada, y a mí me dijo que había salvado a gente represaliada en Cuba, intercediendo por ellos directamente ante Castro. Yo tuve que poner en la balanza si creerle o no. Y al final opté por creerle. Para mí, Gabriel García Márquez es como Churchill”.

A Pardo le parece una comparación bastante inexplicable, pero Anderson defiende su definición: “Churchill siempre ha sido reivindicado por la derecha, donde yo no estoy, pero es una figura por la que, a pesar las contradicciones y aristas que no me gustan en su perfil, es imposible no sentir respeto y admiración”.

SIN PERIODISMO NO HAY VIDA

Cuenta Jaime Abello, presidente de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) establecida por García Márquez, que cuando le pidió al Nobel de Literatura que le guardara el puesto mientras ejercía el cargo de ministro que le había sido ofrecido por el vicepresidente de Colombia, Gustavo Bell, en 1998, Gabo le respondió: “Mira, esto es muy sencillo, tienes que elegir entre el Ministerio y la vida”.

La “vida” era, evidentemente, la FNPI, y su tarea de promoción y defensa de las buenas prácticas en el periodismo. Para García Márquez, dejar el periodismo era renunciar a la vida.

Según Abello, esta anécdota resume la gran faceta de la obra de García Márquez que quedó eclipsada debido a su éxito como novelista: el periodismo. Son dos caras del mismo autor, porque el periodismo y la literatura se entrelazan en García Márquez:

“Era un hombre esencialmente pragmático que entendía que pacto del periodismo y la literatura son diferentes, hasta el punto de que el periodismo es parte la literatura”, subraya Abello.

En todo caso, García Márquez fue periodista –a tiempo completo o parcial– durante cinco décadas: de 1948 a 1999. Eso significa casi toda la vida adulta del escritor. Gabo “hizo de todo: fue reportero, comentarista, corresponsal, periodista de agencia de noticias, jefe de redacción…”, recuerda el presidente de la FNPI. Tuvo hasta un programa de noticias en televisión, e incluso compró y dirigió la revista Cambio.

Y, a lo largo de esos 51 años, hay una evolución clara. El reporterismo clásico de la primera década de trabajo de García Márquez, que se basaba en escribir noticias, fue cargándose de ideología, hasta llegar a lo que el propio escritor calificó de “periodismo indignado”. Y, desde ese punto, a finales de la década de los setenta, fue bajando en intensidad ideológica.

En sus últimas décadas de vida, a García Márquez le preocupaban “los principios del periodismo”, subraya Abello, que recuerda una de las frases del Nobel: “La primera función del periodismo es la verdad porque vivimos en un mundo lleno de mentiras”. Es una de las citas épicas de Gabo sobre el periodismo, que darían para un volumen independiente con su obra de no-ficción.

Otra frase que le gusta repetir a Juan Carlos Iragorri, periodista colombiano que trabajó en Cambio, es la que le dijo al también reportero Mauricio Vargas: un periodista “tiene que tener todos los días la escopeta cargada con el gatillo montado para matar lugares comunes”.

 

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