FALTA LITERATURA JUVENIL

Traductora e intérprete de formación universitaria, con larga experiencia profesional en la industria editorial, Laura García Arroyo se dedica desde hace varios años a la divulgación de la palabra. En su visita a Colima para presentar su nuevo libro, Funderelele y más hallazgos de la lengua (Destino, 2018), en el marco del Festival de la Palabra, hablamos entre otras cosas sobre lo que implica la promoción de la lectura y el periodismo literario.

Cuando se trata de formar lectores, “hablamos mucho de la lectura sin hablar de la literatura. De qué nos sirve fomentar la lectura si no logramos que se entienda la estructura de lo que leemos, si no entendemos que detrás de una manera de escribir y una manera de leer hay toda una filosofía de vida, hay un mensaje y diferentes técnicas para hacerlo llegar.

“Si nos quedamos en la idea de que leer es sólo juntar las letras para entender un mensaje, permanecemos en la orilla de lo que ofrece la lectura. Hay que crear no solo lectores sino lectores de literatura.

“No es verdad que no se lee. Estamos leyendo más que nunca, el problema es lo que leemos. Leer tuits no es una lectura como quisiéramos. Leer Cincuenta sombras de Grey está muy bien, llevó a 31 millones de amas de casa que nunca habían agarrado un libro a leer, pero no es buena literatura. Cuando hemos logrado que una persona desarrolle el hábito de la lectura, lo que tenemos que hacer es engancharla para que vaya escogiendo lecturas mas retadoras, que se vuelvan lectores más exigentes, y ahí sí habremos hecho ese puente entre la lectura y la literatura.

“No se trata de leer por leer sino de propiciar una experiencia lectora que te haga cambiar después de leer un libro. Y este no tiene por qué ser nada profundo ni filosófico, puede ser un libro de entretenimiento, muy frívolo, pero que te haya aportado algo.

“Si siempre buscas lo que ya sabes lo que te gusta, nunca vas a ampliar tu horizonte de lectura ni de literatura, pero las lecturas que te arañan, te mueven, te exigen un esfuerzo y te hacen sentir incómodo, aquellas que no entiendes a la primera, son necesarias para un lector.

“Los jóvenes se engancharon con Harry Potter, que tampoco es buena literatura pero les hizo lectores, pero el problema es que después de leer los siete tomos de la saga les metemos El Quijote, a Nietzsche o a Dante. No es un brinco natural, a un niño que apenas aprendió a caminar no lo pones a correr una maratón.

“Tenemos que hacer que los niños que empezaron a leer con Harry Potter tengan una lectura para jóvenes. Tenemos una literatura infantil increíble, pero la juvenil está llena de vampiros y gamers. Nos está faltando engancharlos, aunque poco a poco van surgiendo estos textos de escritores que escribían para niños y ahora se están enfocando en los adolescentes”.

ESCRIBIR PARA LOS JÓVENES:

La adolescencia es una etapa muy compleja, en lo biológico y lo escolar. Y a esos jóvenes no les estamos dando una literatura dirigida a ellos, opina la conductora de ‘La dichosa palabra’, el programa de Canal 22 en el que Laura García, Pablo Boullosa, Eduardo Casar y Germán Ortega responden de manera amena las dudas de los espectadores sobre el uso del idioma, además de explicar el origen y el significado de las palabras:

“Ahora gente como los hermanos Malpica [con libros como Una travesía imposible, Javier, y la saga de El libro de los héroes, Antonio], Francisco Hinojosa [A golpe de calcetín y el ya moderno clásico nacional La peor señora del mundo] y Benito Taibo [la serie de Mundo sin dioses] lo está haciendo muy bien. Han sabido conectar con los gustos de los jóvenes y darles una literatura un poco más estructurada.

“Pero nos queda mucho camino. Apenas las ferias del libro están empezando a atender este público. Siempre hay secciones de niños en una FIL, pero luego pasamos a los adultos cuando hay un adolescencia que se siente perdida y no se ve reflejada en esos espacios. La literatura, insisto, tiene una asignatura pendiente con ellos”.

En parte, es trabajo de los editores y directores de las colecciones de libros encontrar textos para los lectores juveniles. Y deberían hacerlo hasta por negocio:

“Es un público que consume. Ahora mismo son los que más libros están comprando y no solamente textos escolares. Pero si les das clásicos y los tratas de empatizar con Cervantes y Shakespeare, por qué no llevar a Juan Villoro a las escuelas, que está vivo, para que los chavos puedan platicar de lecturas que les interesarían más.

“Los clásicos están muy bien, pero si no los mezclas con literatura contemporánea y con temas tan actuales alejan a los lectores. Ahora la literatura de niños y adolescentes está llena de temas de migración, de muerte, de separación de papás, de problemas económicos que eran tabú antes.

“A los niños no se les hablaba de las cosas malas de la vida, cuando los niños están enfrentándolas. Si un niño está cruzando una frontera, ¿por qué su realidad no la puede ver reflejada en la literatura? Incluso un niño acomodado y sin problemas debe poder leer sobre la realidad de otros niños que no tienen tanta suerte. Hay que saber cómo hablarles pero creo que los libros para jóvenes están empezando a abordar realidades crudas y desde su punto de vista”.

HANSEL Y GRETEL NO SABÍAN LEER:

Alguien decidió que los lectores jóvenes sólo debían leer sobre fantasía, cuando en la Edad Media los cuentos infantiles estaban plagados de horrores que en ese momento eran peligroso reales, como que el lobo te comiera en el bosque o que unos padres empobrecidos fueran a dejar a sus hijos al bosque porque ya no podían alimentarlos.

“Llegó la corrección política y se decidió que es fatal hablar a los niños de realidades. A todo le encuentran su dosis de discriminación y ofensa”, acota Laura García.

Pero tampoco es que antes los lectores juveniles estuvieran protegidos por la censura. Es que no había niños lectores:

“En la Edad Media muy pocos tenían acceso a la educación, no sabían leer y escribir, ni consumían libros porque eran muy escasos. En la actualidad tenemos una situación de privilegio, no sólo en materia de comunicación sino también en la manera de compartir [los bienes culturales]. Si quieres un libro que se acaba de editar en Japón, lo puedes conseguir. Antes ni siquiera sabías que existía.

“En la vida moderna estamos saturados de información, pero también es un privilegio poder leer lo que sea. Yo tuve muchos libros en casa pero mis padres no tenían tantos cuando eran pequeños. Tenían dos o tres para aprender los números y los colores. No tuvieron tantas lecturas como mis sobrinos que tienen anaqueles llenos de libros, se los saben todos y los han leído varias veces”.

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